“La crisis consiste precisamente en que lo viejo está muriendo y lo nuevo no acaba de nacer; en este interregno aparecen una gran variedad de síntomas mórbidos”.

La frase la escribió el marxista italiano Antonio Gramsci en 1930 en una cárcel fascista y, desde entonces, ha sido repetida por expertos y académicos que tratan de comprender un mundo incomprensible. Casi un siglo después, discursos como el de este lunes de Ursula von der Leyen o el del primer ministro de Canadá, Mark Carney, en el foro de Davos el mes pasado decretando la muerte del orden mundial basado en normas —aunque ambos en sentidos radicalmente opuestos— acreditan la vigencia de las líneas de Gramsci.

El actor disruptor es EEUU y su imperialismo crudo y desbocado dirigido bajo la batuta de Donald Trump. Paradójicamente, esa política exterior agresiva no es la muestra del poderío mundial estadounidense, sino precisamente de todo lo contrario. De su decadencia como la gran potencia mundial.

La semana pasada entrevisté a Matt Duss, que fue asesor de política exterior de Bernie Sanders de 2017 a 2022 y me dio una frase muy interesante: “Durante mucho tiempo, la élite de la política exterior estadounidense ha considerado que gobernar el mundo es su propio derecho. Es un hábito muy difícil de romper. Como dijo Rick James sobre la cocaína, es una droga muy potente. Así es como creo que se sienten las élites de la política exterior estadounidense con respecto a la primacía global: es una droga muy potente y es difícil dejarla, pero tenemos que hacerlo”. “La idea de un mundo ordenado, moldeado y gobernado por el poder militar estadounidense ha terminado. Lo que estamos viendo ahora mismo es solo la evidencia de ese dolor final”, añadió. (ELDIARIO.ES) (LEER MÁS)